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  • La ilusión contagiosa de los más pequeños en el Encuentro de GLACKMA en Cantabria por Marta Bueno

    Qué difícil condensar en unas líneas la intensidad de estos tres días! No pretendo hacer una crónica, voy a intentar transmitir sensaciones y momentos de este fin de semana tan especial.

    Lo primero que se me viene a la cabeza es la risa libre, abierta y contagiosa de Karmenka. Desde que llegamos, ahí estaba, mezclada con su atención constante y su alegría. Me extendería un montón escribiendo sobre cada uno de los quince integrantes del grupo. Lo voy a hacer de forma personal porque no está bien guardarse para uno tantas cosas bonitas que piensa de los demás sin hacérselas llegar.

    La organización merece una mención aparte. Susana es increíble motivando, dirigiendo, marcando, animando, controlando… Los recorridos han sido estupendos y muy bien elegidos. Todos eran interesantes, con una exposición exhaustiva y bien preparada de los puntos más importantes, con paradas, tiempos, curiosidades y sorpresas al detalle. Los desayunos, comidas y cenas, la logística, los folletos, los cuadernos de los niños, el herbario, las plumas, los libros de consulta… sé que me salgo del tema, pero es que todo ha contribuido a mantener el espíritu y el bien hacer de Glackma. El esfuerzo va antes, después ya no se nota, se disfruta. Es como cuando un bailarín ensaya y ensaya y tiene los pies ensangrentados y cuando sale al escenario nos parece que todo es fácil, que fluye sin más y nos emociona. Bueno, pues la bailarina del encuentro ha brillado en este escenario cántabro.

    Tengo que contar lo de la cuerna porque ha marcado esta salida Glackmera de mis hijos. Durante el recorrido de la mañana del sábado los niños seguían con muchísimo entusiasmo las indicaciones de Susana: buscaban huellas, excrementos, plantas, árboles, insectos, pequeños mamíferos… Felices, saltando, corriendo, caminando los ocho kilómetros con un ánimo de fiesta. Al parar en un árbol en el que los ciervos se rascan los cuernos recién salidos y observar las marcas en su tronco, los niños buscaron por indicación de su didáctica guía, posibles cuernas que estos animales pierden cada año. Y, de repente, Alicia levanta el trofeo saltando, gritando, Carlos se le une y salta también y no pueden creerse su suerte. Fue fantástico. A mí, como madre, me emocionó, aunque parezca exagerado. Me sentí privilegiada por tener alrededor a esta gente que contribuía a la ilusión de mis hijos.

    Privilegiada por escuchar a Adolfo, al que admiro por su sabiduría, integridad y sencillez, por conocer a Susana, a Ángel, a Emilio, a María, a Alejandro, a Empar, a Telmo, a Víctor, a Cristian. Y de Karmenka que os voy a contar que no sepáis… Es que es así, como se ve, transparente.

    Qué risas en la comida del sábado, buenísimo todo, por cierto. Karmenka intentaba participar de un juego de los niños y les hacia preguntas sin sentido y comentarios surrealistas y les imitaba y se metían en un diálogo de besugos, conectando los tres, uno de diez, otra de ocho y otra sin edad, en un momento mágico. Yo no tenía claro a quien reñir en la mesa… Y de esas, hemos tenido unas cuantas: quién sube al árbol primero, quién propone lanzar aviones de papel a la presa sobre el Nansa, quién decide atar a Carlos una zapatilla con la otra?? A quién castigo?.

    Resuelto: a ninguno de los tres. Porque como dije más arriba, esto ha sido una experiencia impagable para mi familia. Ya estamos esperando el Encuentro Glackma del próximo año.

    • La ilusión contagiosa de los más pequeños en el Encuentro de GLACKMA en Cantabria

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