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Blog: Karmenka desde los Polos

  • Y, ¿el velero?... Una historia interminable

    Hace tiempo que no os cuento nada del velero. La última vez fue a principios de este año, cuando os narraba un poco los Trabajos de astillero. Y antes de eso, para los que no conozcáis la historia, tenéis el inicio en Un velero, una ilusión.

    Tras sacarlo de su “encierro” y subirlo a orillas del Cantábrico a principios de octubre del año pasado, mi primera idea era ponerlo a son de mar para la primavera. ¡Sí, la primavera que ya pasó! Al ir descubriendo poco a poco que el trabajo era mucho más del que inicialmente había pensado, alargué el plazo -porque no llegaba, ¡claro está!- para principios del verano. Tampoco concluí entonces. Prácticamente todos los fines de semana había estado con mis labores de armadora y no había sido suficiente… “Bueno, ahora con el verano por delante tendré tiempo de sobra”, pensaba de nuevo ingenuamente.

    ¿¿Podéis creerme?? ¡¡El velero sigue en tierra!! Sí, al lado del mar, pero en tierra. No he dejado de trabajar en él mis días libres. ¿Cuántas jornadas le habré echado?, ¿cuántas horas cada jornada?

    Inicialmente yo creía que sólo tendría que pintarlo. Sí, sólo pintarlo y al agua… En seguida aprendí que antes de ello tendría que lijarlo por completo. Lo de lijar se dice fácil, pero si nunca se ha hecho, no puede ser uno consciente de lo que significa lijar todo el casco, la obra viva, la obra muerta, la cubierta… cada rincón. En el exterior tengo que añadir el problema de ósmosis de la obra viva y la entrada de agua en la unión de casco con cubierta.

    El interior terminé desmontándolo también por completo, pues poco a poco fui comprobando que las faenas a realizar eran muchas: instalación eléctrica nueva; sistema de fontanería renovado; cambio del depósito de combustible pues estaba picado el antiguo; fuera el motor para su puesta a punto; todos los muebles de madera desarmados y lijados por completo para quitarles el barniz, protegerlos después con varias manos de aceite y cera; etc.

    Por si era poco todo lo que estaba haciendo, pensé que podía mejorar el interior, pues la fibra estaba ya muy estropeada, y empecé a “embellecerlo” recubriéndolo con vinilo… ¡¡Ingenua de mí!! De nuevo, fui descubriendo que en el velero no hay ninguna escuadra, ni simetría. Cada piececita que tengo que pegar, me lleva un montón de tiempo hasta sacarla con sus ángulos y medidas correspondientes.

    Llegó también la etapa de aprender a trabajar la fibra de vidrio, para cerrar la multitud de agujeros agrandados de tornillos que tenía, los huecos de la instrumentación antigua, las imperfecciones en el casco y cubierta, etc.

    Horas y horas y horas de trabajo. Termina el verano y por tercera vez me equivoco en el plazo “imaginativo” para echarlo al agua. Tras las vacaciones, regreso a Salamanca para continuar con mis labores universitarias y entre unas cosas y otras se esfumó el mes de septiembre sin poder subir ni un solo fin de semana a retomar las labores en mi “astillero”.

    ¡¡Entonces no sé qué pasó!! Se cumplía un año, -¡un año entero ya!- desde que había llevado “mi ilusión” al Cantábrico y todavía seguía en tierra. De repente me pareció que botar el velero iba a ser misión imposible. Mi energía para seguir actuando de armadora se esfumaba a la velocidad de la luz. Percibía que me había infiltrado en una historia interminable…

    Os seguiré desvelando el desarrollo de esta crónica, pero evitando alargarlo demasiado lo dejamos para otro artículo en el blog. Mientras, os dejo algunas fotos de los diferentes procesos en la rehabilitación del Tornado 31. Seguramente así, me entenderéis un poquito mejor.

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