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Blog: Karmenka desde los Polos

  • Un lugar mágico explosionado

    Hoy os quiero escribir sobre una situación que me entristece y que no tiene remedio. No puedo hacer nada ante eso, no está en mis manos. Simplemente soy un personajillo que ha vivido y disfrutado y se ha maravillado una y otra vez en estas tierras islandesas, ante tanta grandeza. Los paisajes, el entorno, la naturaleza, los sonidos, las percepciones, todo aquí gira en torno a los 360 grados de libertad que pueden alcanzar nuestros sentidos. No hay barreras construidas por el hombre que limiten esta libertad. Casi toda la población se encuentra al Sudeste en el entorno de Reykjavík, y al Norte en los alrededores del pueblo pesquero Akureyri. El resto son pequeños pueblecitos o simplemente granjas aisladas en medio de una inmensidad casi infinita.

    Solamente existe una carretera perimetral que rodea la isla, y por cierto, todavía no está asfaltada en su totalidad. El resto son pistas trazadas por el sandur de los glaciares, sobre las zonas colonizadas por la tundra mágica y espesa llena de tonalidades, sobre las diferentes coladas de lavas que abarcan un amplio abanico de coloridos entre el negro y el rojizo, por las extensas llanuras cubiertas de pumita generada en las erupciones volcánicas. Imposible andar por ellas sin un todoterreno preparado para vadear ríos. Mi primera expedición a esta isla fue en el año 1997 y a partir de ahí en numerosas ocasiones, tantas que sin contarlas ya no podría deciros con precisión el número -que con creces pasa de la decena-. Los recorridos que hemos realizado por aquí nos han permitido conocer cada rincón, cada lugar, tanto del interior volcánico como de la costa y de los diferentes casquetes glaciares.

    En los últimos años este país se ha empezado a llenar de turismo. Antes podías estar tranquilamente un mes recorriendo esta hermosa naturaleza y encontrándote simplemente con unos pocos vehículos que prácticamente contabas con los dedos de las manos. Ahora es impresionante la cantidad de vehículos que circulan y eso que no es la temporada alta, en la que hay lugares -de los más típicos- que están colapsados. Me sorprende que la forma de viajar de la mayor parte de la gente es como superficial, sin integrarse en el entorno, como si estuvieran observando desde una burbuja artificial. Llegar hasta donde el coche lo permite, bajarse, hacerse una foto con el paisaje detrás dando prioridad a las personas, no al entorno, muchas veces luciendo modelitos que están fuera de lugar… ¿Tiene esto sentido?

    Los propios islandeses se han dado cuenta de que se les ha escapado de los manos tanto turismo. Los precios se han encarecido. Por las carreteras circulan una gran cantidad de vehículos, la contaminación ha aumentado, así como han perdido la tranquilidad y el paisaje inmenso y solitario del que antes disfrutaban. ¿Qué nos pasa como sociedad?, ¿Hacia dónde vamos?

     

    A una veintena de kilómetros de nuestro campamento tenía un sitio mágico, como de cuento, en el que de vez en cuando tomaba unas horas de relax durante las expediciones. Una hermosa cascadita se generaba en una colada de lava, formando una especie de refugio pues estaba protegida de los vientos -soplasen de donde soplasen-. Sus aguas cristalinas caían generando un pequeño laguito. Aquí me daba unos baños relajantes y tonificantes que jamás podré olvidar por la sensación de libertad tan grande de la que me llenaba. A continuación lavaba la ropa, la tendía sobre la tundra, el sol me la blanqueaba y secaba. Hacía una comida tranquila y para postre siempre tenía frutillas rojas que crecían en este lugar, disfrutaba el entorno mágico, y de esta manera me llenaba de energía y fuerza para continuar con los trabajos en el glaciar para otros cuantos días más.

    Algo que he visto en esta expedición me ha dejado una huella imborrable, grabada a modo de cicatriz de una herida. Han construido un macro hotel a un centenar de metros de mi refugio natural, de mi paraíso reconfortante… Había ido viendo nuevos hoteles y hospedajes que han ido construyendo en estos últimos años por Islandia, pero ver éste me produjo una tristeza enorme… Islandia ya no es la misma que yo conocí, ya no es la misma que yo disfruté, ya no es la misma en la que yo me integré. Por un lado me duele que este país haya tenido este cambio, por otro, me siento completamente afortunada de haberlo conocido cuando era de verdad naturaleza, me siento feliz y llena de sensaciones de todos aquellos años que ya son pasado y que ahora, más que nunca, guardaré como un tesoro único en mi interior.

    • El turismo invade Islandia

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  • Impresionados por la belleza del paisaje

    Como os podéis imaginar, dejamos la capital Coyhaique en un abrir y cerrar de ojos. Viniendo de la tranquilidad Antártida, las ciudades grandes resultan agobiantes… Nos iremos adaptando a la civilización poco a poco.

    Abandonamos enseguida la ruta que va a Puerto Aysen y tomamos la pista tranquila hacia Villa Ortega. El paisaje es increíble. Nos quedamos muy gratamente sorprendidos. No conocíamos esta parte chilena y tenemos la impresión de que vamos a quedar maravillados.

    Además, ¿sabéis que os digo? Después de vivir durante meses en el desierto blanco antártico, contemplar ahora vegetación frondosa cubriendo montañas que se suceden unas tras otras hasta perderse en la lejanía, es todo un contraste. Imposible no sorprenderse ante estas grandezas…

    Voy a compartir este recorrido con todos vosotros, os iré haciendo una selección de fotos del entorno y os las iré subiendo sucesivamente en el Blog. ¡Merece la pena! Y es además la mejor manera de que conozcáis un poquito la Región de Aysen, que es de una gran belleza natural. ¿Os parece?

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  • ¡¡Vaya semanitas de adaptación!!

    Desde nuestra llegada de la expedición han pasado ya tres semanas… ¡y vaya semanitas! Una verdadera vorágine que intenta una y otra vez capturarme. ¡Sí, sí!, habéis leído bien “intenta”, porque no lo consigue. Tengo unos aliados inseparables que no me abandonan en esta misión. ¿Queréis saber algo más de estos aliados? Son los gratos recuerdos del Sur, ¡sí!, tan sencillo y tan inusitado como unos gratos y sinceros recuerdos.

    Muy bien analizaba y describía Alejandro hace algunas semanas en el artículo “El Espíritu Antártico”, la razón de estas sensaciones. Por un lado, el paisaje helado con su grandeza y sencillez al mismo tiempo, colmado de un profundo silencio y una soledad inmensa, inundando todo de una paz contagiosa.  Y por otro, sus gentes que son capaces de crear un entorno donde priman la solidaridad, la lealtad, la sinceridad, el desinterés, la bondad, la honradez, la confianza, la camaradería…

    Juntad ahora esos ingredientes, imaginad el fantástico resultado… pues ese es el tesoro que tengo guardado en mi interior. Esas añoranzas de un ambiente tan confortable y armonioso que podría calificar de idílico.

    Os decía en el último artículo… de hace ya tres semanas (vaya velocidad de vértigo aquí en el mundo civilizado), que el contraste es grande. Sigo percibiendo esa tremenda disparidad, pero voy saliendo adelante. Resueltos los temas más urgentes, retomo el Blog.  Expedicionarios, es un verdadero placer ver cómo seguís avanzando, despacito en estas últimas semanas, pero avanzando. Se nota que andáis de exámenes. Sería estupendo si podéis continuar cada grupo por donde lo tenéis pendiente, a ver si cuando os vayáis de vacaciones sois capaces de mirar al cielo, observar las nubes y hacer vuestras primeras predicciones.

    Cuando tengáis todo el trabajo hecho, podemos ir pensando en juntarnos todos y así nos conocemos en realidad y pasamos de la virtualidad al mundo real. 

    • La inmensa paz antártica

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  • De nuevo en casa... Bellingshausen

    Base Rusa Bellingshausen

    La ventana meteorológica se abrió y el mismo 19 pudimos llegar a la Antártida, en concreto a King George, que es una de las islas de las Shetland del Sur, formando la llamada Antártida insular.

    ¿Dónde estamos en esta ocasión, acampados al raso o en alguna base antártica?, os preguntareis los que nos seguís en el blog durante los últimos años. Los nuevos expedicionarios virtuales no sabréis por qué planteo esa cuestión. Así que os voy a contar algo que os aclarará a todos.

    Nosotros empezamos a trabajar en este lugar en el año 2000, en concreto en enero de ese año. A partir de entonces hemos estado viniendo cada año, uno tras otro en diferentes épocas. Hace ya casi trece años, aquella primera vez (primera para mí, Adolfo había estado con anterioridad) estuvimos viviendo en la Base Rusa Bellingshausen. El resto de las expediciones a este lugar se sucedieron con estancias en la Base Rusa  y en la Base Uruguaya Artigas, salvo los dos últimos años en los que tuvimos que instalar nuestras propias tiendas de campaña y vivir acampados. Si alguien tiene curiosidad y quiere indagar más, no tiene más que buscar en este Blog, pues está narrado con todo detalle.

    Pero, ¿sabéis dónde estamos ahora? Nada de tiendas de campaña a la intemperie, estamos viviendo en la Base Rusa Bellingshausen. Desde luego para el trabajo que tenemos que hacer aquí y con las condiciones que tenemos en este lugar, es mucho más confortable estar en una base. Pero, ¿sabéis qué es lo mejor? Sentirse de nuevo en casa. Es esa maravillosa sensación que a pesar de estar a miles de kilómetros de toda tu gente, te sientes en casa. No eres un extraño, eres uno más en el grupo. Tenemos muy buenos amigos entre la gente de esta dotación rusa. Amistades que se forjaron aquí en tierras antárticas y son por tanto muy especiales y se mantienen vivas por mucho tiempo que pase.

    Ayer llegó el Hespérides y nos desembarcó el material que habíamos embalado y cargado en Cartagena en los primeros días de Noviembre. ¿Os acordáis de los casi 200 kilos que os mostré en el vídeo de bienvenida? Pues ya lo tenemos todo con nosotros.

    ¿Sabéis? Sólo han pasado tres días desde nuestra llegada y la sensación que tengo es que llevamos aquí una larga temporada por la cantidad de situaciones nuevas y diferentes que se suceden día tras día. Son vivencias tan intensas que… ¡creedme!, llenan por completo el día a día en este paraíso, alejados ya a años luz del estresante mundo civilizado. 

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  • En Salamanca, la nieve cayendo y mi mente... en el Hemisferio Sur

    Ya estoy en Salamanca. Desubicada, completamente desubicada. Tengo la sensación de acabar de despertarme de un sueño profundo y no saber todavía donde me encuentro, ni si el sueño ha sido real o ficción.

    Me siento de nuevo “diminuto personajillo”, aunque no os guste esa calificación, pero es mi percepción. Me han sacado de una aventura sin haberme consultado antes si quería continuar en ella o no… De golpe, me arrojan a otra historia y… aquí, ¡no entiendo nada! Es todo confusión, parece un mundo del revés. No percibo coherencia, ni solidaridad, no aflora esa amistad y camaradería antártica que rebosaban por todos los lugares en la anterior aventura de la que vengo. Me quiero iiiirrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!!!!!!!!!!!!  

    La familia, los amigos, todos están bien, bonitos encuentros después de esta larga temporada… y tras habernos visto de nuevo, haber compartido tiempo juntos otra vez… pienso que ya está todo hecho en esta nueva historia, quiero volver a la anterior!!!!

    Hoy caen unos pequeños copos de nieve en Salamanca, tengo la sensación de que es una bienvenida que me da la ciudad pues al parecer, el invierno de momento, ha sido tremendamente seco y ni la nieve, ni casi la lluvia han hecho todavía acto de presencia.

    Miro un poco la previsión para los próximos días, la máxima será de 7ºC y tendremos mínimas por la noche de -2, -3 y -4ºC. Me alegro de vivir en Salamanca y poder encontrar ahora estas temperaturas un poco más asequibles a lo que se ha acostumbrado mi organismo. Aunque casi no hay viento, apenas 5, 10, 15 km/h… y así la sensación es casi de bocanadas de calor… ¿dónde quedaron esas rachas fuertes que hacían bajar la sensación térmica un montón de grados en la escala?

    Me chocan los comentarios de la gente: “¡qué frío!”. No digo nada, sólo pienso para mis adentros que se mueven en coche, o andan un poquito por la calle, después el resto del tiempo van a estar protegidos en sus casas o en los lugares de trabajo, con la calefacción puesta… No saben lo que es trabajar a la intemperie todo el día y con condiciones mucho más complicadas meteorológicamente hablando. Pienso que como sociedad nos estamos debilitando…

    Leo el reciente boletín de GLACKMA, el nº 2 , me sorprende a mí misma como vamos creciendo como Asociación. Observo todos los afiliados que ya pertenecen a GLACKMA. Y no puedo menos que daros las gracias a los que os habéis incorporado en la Asociación, a todos los que estáis participando activamente en ella, a todos los seguidores del Blog y por supuesto, a todos los jóvenes expedicionarios que nos estáis acompañando en esta segunda edición de “Ven a la Antártida”. ¡Un millón de gracias!

    Me termino de ubicar este fin de semana, manteniendo esa burbujita en mi entorno con el aire fresco y puro antártico, y para la próxima seguimos con la historia que ha quedado truncada y a medio narrar. ¿De acuerdo?

    • En el avion, de regreso

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  • Nochebuena en la Base Artigas y Navidad en la pingüinera de Ardley

    Nidos de pinguinos en Ardley

    Casi sin darnos cuenta llegaron las fiestas navideñas. En estos lugares se pierde por completo la noción de tiempo, ni se sabe el día del mes en el que se está y mucho menos si es lunes, martes, miércoles… o qué otro día de la semana. Se llega a olvidar uno hasta del mes en el que se está, así que imaginaros. Da igual. Es otra noción diferente.

    Ahora que escribo esta realidad soy consciente de que ese es seguramente el secreto por el que el tiempo parece pararse en estos lugares. No lo contamos, no lo encasillamos, apenas miramos el reloj… de alguna manera el tiempo es libre, no ha conseguido el hombre etiquetarlo, catalogarlo, y por eso la libertad que el tiempo lleva de forma natural, te envuelve y te sientes libre. No te sientes estresado y sin embargo no paras de hacer cosas. ¡Ojalá en el mundo civilizado se pudiera volver a esto!

    Con esta noción tan especial del tiempo, llegó la Navidad y la nueva dotación de la Base Artigas, nos invita a pasarla con ellos. Fue una blanca navidad como en el invierno del hemisferio norte, pues se pasó todo el 24 nevando hasta la mañana del 25. Tas hacer un muñeco de nieve, llega Papa Noel con regalos para todos. Como en familia pasamos la tarde juntos, se termina de preparar la cena, se hace un picoteo para aguantar hasta la hora de la cena que es más tarde de lo habitual. Cenamos todos juntos, brindamos… Es una nueva dotación entre la que se empiezan a establecer los lazos de una verdadera familia para pasar todo el año juntos y no han dudado por un instante en acogernos entre ellos en estos días tan especiales.  

    Para el día de Navidad, el 25, quería algo especial. Llevaba tiempo con una idea en la mente, que por cuestiones del trabajo y la meteorología todavía no había podido llegar a realizarlo. Tenía el deseo de ir hasta la pingüinera de Ardley. Es un verdadero paraíso. Se trata de una isla que está unida a la de King George -en la que estamos- por un istmo. De manera que conociendo las tablas de mareas, en bajamar se puede cruzar sin necesidad de zodiac. Desde Capitanía de Puerto Bahía Fildes, el segundo -Felipe-, me pasa esta información. Tengo 4 horas a mediodía del 25 para poder cruzar por el istmo y regresar a pie antes de que la marea suba y cubra esta unión entre las dos islas.

    Al levantarme el 25 por la mañana, lo primero que hago es observar el cielo, fijarme en el viento… Está nublado y parece que va a caer algo de nieve, pero tengo que intentarlo. Preparo mi mochila con el equipo fotográfico, las bolsas estancas para protección en caso de que nieve, mi ropa de abrigo y me pongo en marcha. Tengo un largo camino por recorrer hasta llegar al istmo.

    Aunque no hace mucho frío, la sensación térmica baja por causa del viento, que es bastante fuerte. Sin embargo no soy consciente de ello, mi mente durante todo el camino va ya flotando en otro mundo, pensando sólo en el paraíso natural en el que me voy a inmiscuir en breve.

    Y así es. Llego a Ardley, cruzo por el istmo. ¡Qué buena y certera información me pasó Felipe con los datos de la bajamar y la franja horaria en la que podría atravesar a pie!

    Es un verdadero santuario de pingüinos. Miles de estas simpáticas aves habitan la isla. Habitualmente se pasan la mayor parte del tiempo en el mar, donde muestran sus fantásticas habilidades, sin embargo ahora están prácticamente todas en sus nidos, cuidando y dando calor a sus crías. ¿Sabéis? Se han adelantado con las crías… otro signo de que el calentamiento global está haciendo mella. En esta época esperaba encontrarlos incubando y si acaso alguno un poco más adelantado con las crías recién nacidas. Y sin embargo me encuentro con los polluelos en todos los nidos y ya algo grandecitos.

    ¿Sabéis que los pingüinos son gregarios y muy sociables? La especie que abunda en esta isla es el papúa, hay algunos riscos con el adelia y de vez en cuando aparece algún barbijo. Todas ellas alcanzan un tamaño aproximado de 70 cm., y durante el invierno emigran a regiones donde el mar está descongelado ya que se alimentan de peces, pequeños crustáceos y cefalópodos. Regresan a las pingüineras a mediados de octubre. Ponen dos huevos y la incubación se realiza por los dos integrantes de la pareja, alternándose. Las crías de los adelia siempre van algo más adelantadas y son algo más grandes.

    Es todo un privilegio avanzar entre los nidos, por las zonas más despejadas para no molestarlos, siempre muy despacio, en medio de riscos próximos al mar y con el casquete glaciar de la isla Nelson como telón de fondo por un lado y nuestro glaciar Collins por el otro.

    Adentrarte en este paraje tan espectacular, rodeado de ellos, viendo que no los perturbas, escuchando sus cánticos,… hace que te sientas como en otro pequeño paraíso. Observándolos y observándolos me quedo ensimismada, el tiempo se pasa volando y cuando me quiero dar cuenta, queda el tiempo justo para regresar cruzando el istmo antes de la subida de marea.

    Hago un montón de fotografías y grabaciones. No me ha dado tiempo ahora a editaros un video con las tomas que realicé, pero lo tendréis… Probablemente regresaremos a España y continúe preparados vídeos y subiéndoos al blog una gran cantidad de cosas que no me da tiempo ahora a mostraros. De momento os dejo unas fotos para que disfrutéis de este entorno.

    Al dejar Ardley, tomo un atajo en el camino, por una trepada en una zona de acantilados en la costa. Con la marea baja es posible seguir este camino, que además me conduce directa a Capitanía de Puerto Bahía Fildes. Quería pasar a saludar a la gente de la Armada, a decirles un “Feliz Navidad” y agradecerles la información tan certera con la bajamar, que hizo posible este cruce a la pingüinera.

    Me ven helada y me sacan algo caliente… que terminó siendo una completa comida. Era ya media tarde y comí con ganas. Entonces me di cuenta que llevaba todo el día fuera, a la intemperie, que el recorrido total a pie supone unos 25 kilómetros, que no había desayunado, ni me había llevado nada de comer conmigo -de la ilusión que tenía por pasar el día de Navidad en el paraíso de la pingüinera-.

    Me sentía muy reconfortada, me iba llenando de energía y percibía el aprecio de la nueva dotación de Fildes. Una dotación se va, otra nueva llega y qué hermoso es ese cambio en el que no se pierde el espíritu antártico y mantiene su continuidad. Ese sentir y percibir que te encuentras en casa de nuevo. No eres un extraño. No estás sin hogar por estos lugares.

    Recuperada por completo retomo de nuevo el camino, me quedan todavía 6 kilómetros por recorrer para llegar al campamento. “¡Qué día más bonito de Navidad!”, voy pensando para mis adentros. Lejos del mundanal ruido del mundo civilizado, alejada por completo de ese mundo consumista que lo es más todavía en estas épocas navideñas.        

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  • Una especie de válvula de escape: Islandia

    Os decía ayer en los comentarios del artículo anterior, que os iba a dar una buena noticia. Me preguntabais sobre la adaptación a la vida del mundo civilizado después de la expedición antártica y os comentaba que es duro. Es siempre duro el regreso. Lo más difícil es adaptarse de nuevo a vivir en un mundo lleno de egoísmos, donde se ha perdido totalmente el trabajo en equipo. Es tan bonita la camaradería…

    Lo que nuestra sociedad ha olvidado totalmente es un secreto, que es la clave para ser más feliz. Y es muy sencillo, pero de tan asequible que es, se ha dejado perdido. Se trata simplemente de pensar un poco en los demás, en los que nos rodean, de tratar de hacer a las personas de nuestro entorno felices. El resultado es inmediato, repercute directamente en nosotros y nos hará sentirnos mejor. Y en este ambiente es fácil desarrollar un trabajo en equipo, olvidarse de las individualidades y los egoísmos.

    El compañerismo y un buen trabajo en equipo generan mejores resultados, entusiasmo, satisfacción… A través de la solidaridad se expresa la cohesión, y cuanta más coherencia haya, mejor funcionará el equipo.

    Pero bueno…, no era esto lo que os iba a contar. Os decía que en medio de esta adaptación al mundo civilizado, tengo una pequeña ayudita que me va a favorecer a esta aclimatación. ¿Sabéis cuál es? ¡Nos vamos a Islandia! Unos poquitos días nada más, pero es una especie de válvula de escape para asimilar el brusco cambio.

    ¿Qué es lo que ha pasado? Os cuento. Recordáis que a la salida de la Antártida, estuvimos trabajando en la estación de medida que tenemos en Patagonia. Allí descubrimos que tenemos problemas con una de las sondas y decidimos ir en mayo a cambiarla, para no generar lagunas de datos en las series que estamos midiendo.

    Bien. Pensando, pensado…, ese equipo de Patagonia es de la misma antigüedad que los que tenemos instalados en Islandia (unos y otros son los que nos quedan más antiguos en las estaciones de GLACKMA). A Islandia pensábamos ir para el año próximo a hacer una reinstalación de los equipos de medida…, pero no queremos correr el riesgo de dejarlo para el próximo año y encontrarnos con la desagradable sorpresa de tener la estación sin funcionar. Queremos hacer todo lo que esté en nuestras manos para no perder la continuidad de las series temporales generadas.

    Así que hemos cambiado completamente los planes. En principio iba a ser una primavera tranquila, hasta el verano que saliéramos al Ártico. En mente teníamos poder disponer de tiempo para trabajar con los datos que estamos generando, preparar proyectos… porque necesitamos buscar financiación, y actualizar un montón de quehaceres acumulados durante nuestra ausencia.

    De la primavera “tranquilita” nos hemos pasado a una primavera sin un mínimo respiro. Salimos ahora para Islandia (del 6 al 19 de Abril), a principios de mayo tenemos un congreso en Alemania -con los participantes del proyecto Europeo con el que trabajamos en la estación de la Antártida-, y después de mediados de mayo a mediados de junio, regresamos a Patagonia para reponer la sonda que ha dejado de funcionar. ¡Vaya! En un abrir y cerrar de ojos, se acabó la tranquilidad.

    Os podéis imaginar que los preparativos en tan poco tiempo –y estando todavía con el cansancio de la campaña antártica- están siendo de locura. La intranquilidad interior aumenta al ver cómo las cosas atrasadas no se van a poder actualizar en los próximos meses, e incluso van a seguir aumentando. Como actualmente sólo tenemos vigente el proyecto europeo que cubre los gastos de la estación de la Antártida, nos toca a nosotros realizar la aportación económica correspondiente a estas salidas de improviso a Islandia y Patagonia. Por si fuera poco, ahora más que nunca que necesitaríamos dedicar tiempo y esfuerzo para buscar financiación, no podemos hacerlo. Nuestra conciencia nos empuja a salir a “arreglar” las estaciones, para no perder la continuidad de estas dos estaciones de medida.

    Como veis el panorama que tenemos delante no es el mejor. Pero como ya nos vais conociendo un poco de esta pasada expedición antártica, sabéis que no nos damos por vencido fácilmente. Y de todo, siempre nos gusta quedarnos con lo positivo. Y ¿qué es lo positivo ahora? Que disfrutaremos de nuestra mini-expedición a Islandia y la consideraremos como un pequeño escape para que la adaptación a la civilización sea menos durilla. Visto así, tampoco está tan mal, ¿verdad?

    Aunque no tengamos internet, os mantendremos al corriente de lo que hagamos a través del teléfono satelital, y Gildo -el socio de GLACKMA encargado de la comunicación- os irá subiendo al Blog las crónicas. ¡Así que estaremos en contacto!

    Llevo un ratito pensando con qué foto os puedo acompañar este artículo. De mi mesa llena de papeles o de mi mente con la inquietud de los trabajos pendientes… no tiene sentido. Se me ha ocurrido que podemos hacer como en el teatro. Vamos a cambiar de escenario, pues pasaremos de hablar de la Antártida a narrar el viaje a Islandia, por lo tanto necesitamos un telón. ¡Sí!, un telón de la naturaleza os voy a dejar. Es el cielo antártico al amanecer, unas horas antes de tener que embarcar en el Lautaro (os acordáis del barco con el que regresamos a Punta Arenas, ¿verdad?). Fue un amanecer espectacular que nos brindó la Antártida como despedida, ¡inolvidable! En aquel momento fue ya una especie de telón, anunciándonos un cambio de escenario. Ahora lo volvemos a utilizar aquí en el Blog.

    ¡Espero que os guste! Si eso sólo es un trocito de cielo… imaginaros lo espectacular que fue mi último amanecer antártico de esta pasada campaña.

    • Una especie de válvula de escape: Islandia

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  • Ayudadme con un título para este artículo

    Os decía el otro día que me sentía como un personajillo de un libro de aventuras al que hubieran arrebatado de su historia. Y sigo igual… A veces creo haber realizado un viaje en el tiempo. Otras, creo todavía vivir en un mundo mágico y de repente es como si un extraño y poderoso viento estelar me capturase y contra mi voluntad, me trajese aquí.

    La ciudad llena de coches, gente por todos lados. Un ruido infernal me aturde… atrás quedó el silencio. No se puede respirar, esto no deberíamos llamarlo aire… atrás quedó el abrir a tope los pulmones y llenarse de aire puro. Los ojos me escuecen… necesitan un tiempo para habituarse. Miro a lo lejos y… atrás quedó el poder ver paisajes a decenas de kilómetros con tanta claridad como si estuvieran justo delante.

    Es difícil vivir en este mundo. Lo llaman civilización. Dicen que hay calidad de vida.

    Al andar, miro al suelo. Ya no hay nada para recrear la vista delante. De mis pies han desaparecido las botas de montaña. El suelo asfaltado, liso, llano… pero ¿qué esto? Alrededor gente y gente… me siento invadida en mi entorno. Personas y personas caminando de prisa a todos lados. Observo las caras de la muchedumbre. Son más bien tristes, cansadas, estresadas, afligidas, apagadas… les falta vida, alegría…

    ¿Dónde estoy?

    Son pocos días por aquí y la sociedad ya deja ver de nuevo la falta de solidaridad y de trabajo en equipo, todo está invadido por un egoísmo exagerado y por un tratar de “ser el mejor, el único”. No importa si para conseguir ese fin se pisa o se aplasta a los demás, no parece que haya escrúpulos de ningún tipo. La falsedad es de nuevo la nota predominante… ¿Dónde se escondió la sinceridad? Esto es peor que estar en la jungla rodeados de fieras.

    La familia, la gente que quieres, los amigos… son un soporte fundamental para no escaparse de nuevo y salir corriendo de este mundo.

    Ya veis, se me hace muy cuesta arriba el regreso. No encuentro ni un título para esta nota. ¿Queréis ayudarme vosotros a ponerle uno?

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