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Blog: Karmenka desde los Polos

  • Final de la metamorfosis

    No quedan muchos trabajos para terminar esta restauración completa del Tornado 31, que hace cinco años recibí como regalo de un buen amigo. La etapa final es más larga de lo planeada, no por las labores a realizar, sino por el tiempo que no les puedo dedicar.

    Pero agradezco que sea así, pues esta elongación me permite ralentizar, frenar las prisas, continuar con mi paciencia como compañera inseparable, disfrutar del futuro inmediato, saborear la magia de traer un sueño a la realidad, imaginar cómo será ese momento en que el velero acaricie las aguas del Cantábrico, emocionarme al ser consciente de que dos de mis lemas los he ejercitado habitualmente en estos años de astillero:

    “El éxito es la capacidad de ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo”

    “Solo tres cosas en pos de tus sueños: ilusión, perseverancia y paciencia”

    Visita al pantalán en el puerto. Hay que empezar a prepararlo. Tiene que estar listo para cuando llegue el momento tan especial. El hueco vacío. Mi mente juega, recuerda, imagina. Con toda claridad veo al velero completamente desarmado por dentro y por fuera, al inicio de la etapa de astillero. A toda velocidad pasan ante mí los diferentes trabajos realizados, infinidad de momentos de desesperación con sus correspondientes triunfos. Circula todo muy rápidamente pero con mucha claridad y detalle. La emoción me inunda… La mente sigue su rumbo y difumina las imágenes anteriores para visionarlo ahora, amarrado en el pantalán. Y entonces sonrío y lloro a la vez… Estoy a punto de conseguirlo…

    “No es más que un velero”, pensaréis vosotros. Pero yo sé que es mágico porque lleva parte de mi alma y va a brillar con luz propia. Y si no me creéis, dad tiempo al tiempo...

    Solo os puedo decir una cosa: “Haced lo que tengáis que hacer para perseguir vuestros sueños”. Merece la pena vivir así…

    • Final de la metamorfosis

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  • 05/05/2018

    - Emoción , velero

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    Testigo de un diálogo interior

    Una vez más compruebo que la mente es tremendamente poderosa y maravillosa. Los entresijos que hay en ella son únicos.

    He sido testigo de algo que presiento me va a ser muy difícil describir. No obstante lo voy a intentar. Algunos podéis incluso pensar que es fruto de la imaginación. Pero os aseguro que lo viví desde fuera, tenía la sensación de estar cómodamente sentada en una butaca y frente a mí, la gran pantalla de cine con lo que ahora os trataré de transcribir. Eso sí, estaba en primera fila y la sala de cine estaba vacía. Percibía que era una escena que se había rodado solo para mí.

    Para poneros en situación y que entendáis la breve secuencia, os tengo que describir mi sentir en la última semana. Mi interior estaba desasosegado, intranquilo. Le faltaba la paz y la armonía que habitualmente le acompañan. Imaginaros un mar agitado en plena tormenta…

    Ese era mi interior, y mi cuerpecito se levantó a las 6:30 de la mañana. Tras un buen desayuno se fue a trabajar al velero. Haciendo cosas sin cesar y antes de la parada para comer, decidió llevarme a correr descalza por la playa, jugueteando con las olas que llegaban a la orilla. No quiso pasar de la hora de carrera, pues en mente estaba la lista de trabajos pendientes en el barco. Apetecía quedarse un rato recreándose con el movimiento del agua en la arena, pero esa ponderación que no sé dónde habita y me acompaña perennemente, decidió que ya era suficiente.

    Regreso al velero. Una ensalada campera que me había preparado la noche anterior, me hace recuperar la energía y saboreando una infusión de menta con un poco de tranquilidad, apareció otra vez esa lista imaginable -pero real- de cosillas que me quedan por terminar antes de echar el barco al agua. El deporte, el mar, las olas, sentir la arena y el agua con los pies descalzos… me habían permitido percibir un poco la calma de nuevo, y sin embargo ahora, con la visión de esas tareas pendientes, parecía disiparse en un segundo.

    Ahí, justo en ese momento, con mi taza de menta en la mano, presencié esta escena en el cine. Solo hay dos personajes, mi razón y mi subconsciente.

    “La razón cree que la etapa final en el astillero es infinita. Está convencida de ello.

    Vaya, -pienso para mis adentros-, mira que utilizar el infinito, mi símbolo matemático preferido…

    El subconsciente no me permite hacerle caso. Confía en tu intuición, me insiste. Lo inagotable es la etapa que comenzarás y lo incalculable serán las sensaciones que tatuarán tu alma en breve. No pierdas la paciencia ahora.”

    De la misma manera que en una película te quedas sentado un rato al final, aguantando la emoción mientras pasan los primeros créditos de la misma, así me quedé yo.

    Y, ¿qué ocurrió a continuación? Percibía que la serenidad, la calma y la quietud volvían a conquistar mi interior. “¡¡Bienvenidas!! Os echaba de menos”, les dije emocionada.

    La tormenta había cesado y la mar estaba como un espejo…

    • Testigo de un diálogo interior

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  • Lo imposible no existe

    Un momento en el tiempo pero una aventura inmensa en la mente. Eso es lo que guarda el instante de la fotografía de este artículo. Os cuento y me entendéis.

    En las diferentes facetas de la rehabilitación del velero a lo largo de estos cuatro años, han pasado una gran variedad de sensaciones por mi interior. Una de ellas la recoge esta imagen. Era ya historia la etapa del lijado completo del velero, del desarme de todo el interior y exterior, de los trabajos de fibra, del pintado del exterior, de la fontanería y alguna cosilla más. Me enfrentaba a la etapa de la carpintería de ribera. Lo mismo que con todos los oficios anteriores, no tenía ni la más mínima idea.

    Sentada en la bañera del velero -protegido con telas para no estropear su reluciente pintura nueva-, subo los primeros listones de madera que había encargado, ya de diferentes tamaños según a lo que pensaba destinarlos. Así sentada, saco esta fotografía, observándolos de frente y preguntándome “¿y ahora qué?, ¿puedo con esto?”. En aquel momento no sabía que esta imagen, un año después, me movería tantas cosas por dentro.

    Lo que os describo ahora no solo me ocurrió esta vez y no solo aquí en el barco, es una constante a lo largo de mi vida. No exclusivamente de adulta, ya desde niña me han acompañado estos retos que sin ser del todo consciente de ello, me autoimpongo. Ahora he comprendido que al actuar así desde pequeña, sin saberlo entonces, me he ido entrenando. Son esas circunstancias en las que afrontas retos que “parecen” imposibles.

    Según voy evolucionando y aprendiendo en la vida, cada vez estoy más convencida de que “lo imposible se puede hacer posible”. ¿Cómo? Es algo que tenemos dentro de nosotros. Un pensar y convencernos de que en realidad es posible, de que lo vamos a conseguir. Un visionarlo con todo detalle.

    Muchas veces son nuestros propios pensamientos y creencias los que nos limitan. En ese momento de la fotografía que ahora recuerdo con tranquilidad, me invadió un torrente de sentimientos de incapacidad, impotencia y desesperanza. Como mi sentir es tan intenso, me emocioné profundamente. ¡No pasa nada! Soy así y me conozco. También era consciente de que tenía que ser capaz de enfrentarme a esos sentimientos. Mi válvula de escape en situaciones así, es dejarlo todo e irme a hacer deporte. Darme una buena paliza de ejercicio físico, y si puede ser en plena naturaleza, los efectos benéficos que ello produce en mí se duplican.

    En esa ocasión de mi inicio con los trabajos de carpintería en el velero, al regresar “fresca” mentalmente de mi carrera y nado por la playa, volví a sentarme en el mismo lugar frente a la madera y la pregunta ya no fue: “¿Puedo con esto?”, sino: “¿Cómo puedo con esto?”.

    Es en esos momentos cuando se valora la efectividad de una fortaleza mental y emocional. Recordad que un ganador es un perdedor que jamás se dio por vencido. Lo primero que hay que hacer es convertir lo imposible en improbable y después lo improbable en posible. Todo ello sin perder ni la ilusión ni la confianza en uno mismo, y creyendo en nuestras propias posibilidades.

    ¡Claro! Después de esta historia, os apetecerá saber qué fue de esas maderas y otras muchas que fueron llegando a lo largo de un año… Pero el resultado os lo enseñaré, cuando ya en breve, os desvele el velero en su totalidad. ¡Creedme!, merecen la pena la paciencia y la espera…

    • Lo imposible no existe

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  • 18/12/2017

    - sueño , ilusión , velero

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    El secreto del éxito

    Era agosto cuando os escribía el último artículo en el blog. Lo hice desde mi “astillero particular” creado en torno al velero que lleva parte de mi alma. Me faltaba muy poco ya para terminarlo y echarlo por fin al agua, tras cuatro años de trabajos intermitentes durante los fines de semana. Confiaba en que a principios de septiembre el velerito saborearía las aguas del Cantábrico y yo me llenaría de sensaciones inolvidables.

    No pudo ser, no me dio tiempo a terminarlo para entonces. Abriéndoos mi corazón os confieso que la desilusión me hizo una visita. Tenía tantas ganas ya… que lo veía en el agua, lo imaginaba surcando los mares, me imaginaba en la bañera del velero con la caña en la mano, oteando el horizonte y manejando el timón. ¡Qué ilusiones!, ¿verdad? Como una niña pequeña llena de ingenuidad…

    A partir de aquel momento se sucedieron las semanas, una tras otra, sin respiro alguno, ni siquiera para un ratito de sosiego y quietud conmigo misma. Los cuatro meses de septiembre a diciembre, vinieron y pasaron en un abrir y cerrar de ojos. Desbordada de trabajo y quehaceres, no pude dedicar ni cinco minutos a mi velerito. Según avanzaban los meses, mi sensaciones fueron variadas. De una primera etapa en la que creía que iba a poder volver a retomar los trabajos en breve, a una segunda en la que lo percibía lejos, como si fuera una historia de otra vida o se hubiera tratado de un sueño que finalizó de golpe al despertarme. Se sucedió una tercera etapa en la llegué a sentir que lo tenía abandonado… Y ahora estoy en la cuarta, más gratificante que las anteriores. Voy a poder retomar el trabajo en las vacaciones de Navidad.

    En estos momentos estoy como en una cuenta atrás antes de lanzarme con fuerza a una carrera, y al mismo tiempo como una pequeña aprendiendo a restar con los dedos de las manos y esperando con una ilusión desbordante lo que anhela con toda su inocencia. Y yendo un poco más allá en la imaginación, sumergiéndome en la grandeza del Cosmos, del Universo, el velero parece representar una Nebulosa, brillante por esos gases y polvo estelar que la forman y con esa fantástica apariencia que nos encandila irremediablemente. Con su capacidad de generar nuevas estrellas… nuevas aventuras, proyectemos a la Tierra…

    Y en medio de tal amalgama de recuerdos y sensaciones, con este final -que en realidad es un inicio- cercano en potencia, y liberándome de la vorágine del mundo en estas semanas navideñas, me evocan un par de reflexiones que aquí os las dejo por si os aportan algo, igual que lo hacen habitualmente conmigo:

    “Los grandes logros requieren grandes riesgos”.

    “El éxito es la capacidad de ir de fracaso en fracaso sin perder entusiasmo”.

    • El secreto del éxito

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  • El velero que lleva parte de mi alma

    ¿Quién lo iba a decir? Aquí, en medio de lo que yo llamo civilización, me encuentro en plena expedición. Rodeada de gente en un entrono próximo, pero aislada en realidad; preparando comidas básicas de subsistencia; apañándome para las necesidad básicas de higiene o limpieza de utensilios de cocina y ropa, con algún río cuando de la sal del agua del mar ya estoy saturada. Pero todas esas tareas primordiales son sencillas, rápidas y reducidas al mínimo, lo justo para poder sacar adelante el objetivo fundamental: terminar el velero en este verano. Aquí en medio de la civilización, me siento felizmente aislada y concentrada en mi meta.

    Ultimísimos trabajos de astillero. Queda muy poco para terminar esta tarea que comencé hace casi cuatro años. Durante los fines de semana y las vacaciones. En Asturias, viniendo cada vez desde Salamanca. Restauración de un velero que prácticamente ha sido construirlo de nuevo, aprovechando el cascarón e incluso teniendo que realizar importantes reparaciones en el casco. ¿Misión imposible? Con esas pinceladas, así lo parece.

    Pero si además añadimos unos toques de perseverancia, tesón y paciencia, entonces el cuadro que vislumbramos es hermoso, único, inolvidable y… algo más. Es un sueño que está a punto de inmiscuirse en la realidad. Mejor dicho, el inicio de un sueño del que asoma solamente la puntita, como si se tratara de un iceberg flotando en el mar… El sueño completo o el eslabón siguiente en esa cadena entretejida de ilusiones necesita de este velero en libertad.

    Me resulta muy difícil describir las sensaciones que tengo en estas semanas. Es un periodo que jamás volverá porque ese tránsito del mundo de los sueños al mundo real, solo ocurrirá una vez. Será hermoso después tenerlo en el mundo real y poder seguir maquinando otros sueños a partir de éste. Pero ahora, el presente es una etapa mágica que resplandece con fuerza y hay que disfrutarla, saborearla, abstraerse de cualquier problema y vivirla a tope. Es un periodo de emocionarse día tras día, pensamiento tras pensamiento, logro tras logro, reto tras reto. Es muy intenso el sentir. Muy profundo. Cada sensación parece tatuar con fuerza mi alma. Un tatuaje que no se borrará jamás. Es una huella de identidad.

    Estos días que comparto ya con el velero no solo las horas de trabajo, sino la jornada completa de las 24 horas, aunque sea en tierra todavía, estamos creando una integración perfecta. Para vivir las aventuras que en la mar vamos a realizar juntos, tenemos que estar compenetrados. Superando las pruebas y dificultades que a modo de torrente continuo han ido apareciendo a lo largo de los cuatro años en esta etapa de astillero, he sido consciente de que el velero se ha quedado con parte de mi alma. Lo percibo, lo siento con toda claridad. Se la he identificado… Ahora, son esos retoques finales en este compartir que harán, que en breve, seamos una única esencia surcando la inmensidad de las aguas del Cantábrico en primer lugar. Alcanzaremos esa libertad tan ansiada. Compartiendo el alma es más fácil, es más coherente, es más hermoso ese tránsito del sueño a la realidad.    

    • Cocina del velero

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  • Con el tiempo justo

    No quiere andar y no quiere andar, ¡es así! Todos los intentos que se nos ocurrían realizamos, mientras aparecía la grúa. Comprobación de la batería, cambio de fusibles que pudieran tener cierta relación con el problema, tanto de la caja principal como de la secundaria, chequeo de la continuidad de los cables eléctricos que llegan a ellos… Pero el Defender seguía parado.

    Llega el taxi antes que la grúa. Le habían indicado desde el seguro de llevarnos a Luarca, pero conseguimos cambiar esa alternativa por la que veíamos más operativa, alcanzar la casa de Land Rover en Oviedo. Cualquier problema sería más fácilmente solucionable allí. Esperamos a que llegase la grúa y cargase el Defender con todo nuestro equipo para ponernos rumbo a mi ciudad natal.

    Os voy a contar una cosa, que la considero como un signo del futuro bonito que está por hacerse realidad. El lugar en Asturias en el que el Defender dijo “basta”, fue cerca de donde tengo rehabilitando mi gran sueño, ese velero al que le queda poco para surcar primero las aguas del Cantábrico y después entrar en la historia de GLACKMA, en un futuro no muy lejano… Pero dejemos eso, centrémonos ahora en Oviedo, en la casa de Land Rover, en nuestro todopoderoso Defender que es la primera avería que tiene desde 1999 y en tres expedicionarios polares que no pierden el buen humor.

    Aquí en el polígono del Espíritu Santo, frente a la puerta del taller, pasamos la noche acompañando a nuestro cuarto expedicionario, nuestro todoterreno. Adolfo sentado en el asiento del copiloto, y digo sentado porque estos asientos casi no se reclinan nada. Carlos estrenando su equipo de vivac fuera, flanqueando el costado derecho del Defender, bajo el orvallo asturiano. Y yo encogida en los asientos del medio, tratando de estirar un poco las piernas por encima del asiento del conductor, cuando se me quedaban dormidas.

    Así, ahí acurrucada con las luces del polígono iluminando el interior del vehículo, el ruido de los coches circulando en la carretera a tan solo unos metros de nuestro “hogar”, mi mente recorrió de nuevo lo acontecido durante el día. Pasó de la magia tan bonita de la salida en Ferrol, aquella ilusión sincera y contagiosa de los más pequeños, a vernos ahora con el coche parado en un día de fiesta y esperando… Sentí una emoción profunda al ser consciente del gran equipo que tenía a mi lado. En silencio dejé que mis lágrimas corrieran libres. Percibí la suerte de que no estuviéramos solos Adolfo y yo como en todos estos años anteriores. El contar con este fichaje estrella que hemos hecho con Carlos, me dejaba muy tranquila. Percibía que éramos invencibles luchando por nuestros sueños polares. La aventura comenzaba con fuerza, como debe ser, nunca conoces qué va a pasar mañana, ni siquiera qué va a acontecer unas horas más adelante.

    Amanece el día lleno de ilusiones e incertidumbres que según avanzan las horas, van buscando su realidad. El problema resultó ser la bomba de gasóleo, no tienen repuesto en Oviedo y llega mañana desde Guadalajara. Después cuatro horas de taller para el montaje y podremos continuar por la tarde nuestro camino rumbo a Hirtshals, al norte de Dinamarca. La media del Defender será de 90 km/hora, así que toca hacer relevos continuos en la conducción para alcanzar nuestro objetivo de embarcar en el ferry a tiempo. Somos un equipazo de verdad, y lo vamos a conseguir. Además, os confieso que vuestro apoyo durante el día de ayer y de hoy, tanto por el blog como por las redes sociales, dándonos ánimos y sabiendo que sois partícipes de nuestra aventura, nos está ayudando mucho.

    Entre todos lo vamos a conseguir. ¡¡Llegaremos a tiempo!!

    • Defender en Land Rover Oviedo

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  • Y el velero… pronto a son de mar

    Os escribo este artículo, todavía con la emoción pululando por mi interior pues el último fin de semana que estuve trabajando en él, me dejó huella. Presiento que esa marca quedará impresa en esta última etapa de trabajos de astillero.

    Ahora creo que no erraré en los cálculos de previsión para verlo en aguas del Cantábrico. En la próxima primavera tened por seguro que ese velero, que parecía escribir una historia interminable, surcará las aguas que tan cerca ha tenido durante tres años completos. ¿Qué son ahora unos meses?

    Los que no habéis leído antes sobre esta aventura, os dejo los enlaces en orden cronológico para poneros al día, por si sentís curiosidad: Un velero, una ilusión;  Trabajos de astillero;  Y, ¿el velero?... Una historia interminable;  Un astillero en toda regla.

    Como ya sabéis los que vais siguiendo algo de lo que escribo, me gusta la sinceridad y transmitir lo que siento. Pues debo confesaros que al ir buscando esos enlaces del párrafo anterior, no pude menos que volver a leerlos… Emoción tras emoción. ¡Qué increíble historia! No me puedo creer que haya sido real, que sea real. Que haya sido un personajillo de ella, que sea todavía ese personajillo. Parece una historia inverosímil.

    El camino no ha sido fácil, no es sencillo. Junto con el desconocimiento inicial y por completo de todos los oficios relacionados con su rehabilitación, se unen problemillas que surgen en el club náutico a lo largo de este tiempo, por lo de siempre, porque las personas somos como somos… ¿qué os voy a decir? Juntad a ello el machismo que no terminamos de limpiar en nuestra sociedad y os podéis hacer una idea de las dificultades que se han añadido a los trabajos de astillero. Pero no es de eso de lo que os quería hablar. Simplemente soy consciente una vez más, de que con tenacidad, perseverancia y creencia en nuestros sueños, podemos lograr todo lo que nos propongamos. ¡Quedémonos con esa faceta humana!

    Además de emocionada, estoy muy feliz. Una parte de ese sueño está cada vez más próxima a ser real. Es esa magia que envuelve los momentos en los que casi has logrado inmiscuirte por completo en tu sueño y se funde con la realidad.

    ¡Qué ganas de sentir la mar, el avance del velero con el viento, el sonido del casco deslizándose por el agua! Llenarte de libertad, de soledad, de vida, de aventura… ¡Qué ganas más tremendas!

    • Pronto a son de mar

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  • Un astillero en toda regla

    En el último artículo que os hablaba del velero, corté la narración porque se hacia ya demasiado largo. Terminé transmitiéndoos mi sensación de falta de energía que percibía para continuar con las labores de rehabilitación del Tornado 31, una vez que llegó el final del verano y fui consciente de que todavía me quedaba trabajo para fines de semana de, al menos, otro año más. Y lo peor, el invierno se acercaba y el trabajo a la intemperie me iba a quedar muy limitado… Lo dejaba tapado con unos toldos, pero tan pronto empezaron las primeras lluvias un poco serias, me di cuenta de que no iba a ser suficiente.

    Mi sensación era similar a la que sientes en una carrera de fondo cuando te faltan fuerzas para continuar. Te has esforzado al máximo, pero tienes esa percepción de haberte desfondado antes de la llegada…

    A mediados ya de octubre, subía uno de los fines de semana para continuar trabajando en mi “astillero” particular. Era la primera vez desde que me zambullí en esta aventura, que iba sin llevar en mente planificadas las tareas que intentaría sacar adelante esos dos días. Siempre preparaba una lista “interminable”, de la cuál iba afrontando uno u otro trabajo en función de la meteorología y de los problemas e imprevistos que me iban surgiendo.

    Me encontraba extraña… por primera vez no fui capaz de proponerme nada de esa lista inacabable de tareas. “Huy, huy, huy… realmente la energía se me disipó”, pensaba para mis adentros. “No es normal… Y, ¿si no recupero esa fuerza para terminar la rehabilitación?”. Estas reflexiones pululaban por mi mente, cuando de repente me encuentro en la costa, junto al velero apuntalado en tierra… ¡¡¡Y no podía creer lo que veía!!!

    ¡¡¡Tremenda sorpresa!!! , ¡¡¡subidón de energía, de ganas de trabajar!!! De repente, se amontonaron en mi mente cien mil tareas para tratar de hacer ese fin de semana. ¿¿¿Qué había pasado???

    Aquí os tengo que hablar de Jero, un nuevo amigo, amante de la navegación, a quien había conocido tan sólo unos meses antes, cuando andaba tratando de encontrar a alguien que me pudiera ayudar con todo lo que es el tema de la maniobra y acastillaje del velero. Este experto navegante en solitario vio que el verano se me acababa y que me iba a meter en el invierno con el barco “abierto”, y me propuso preparar una especie de techado protegiéndolo un poco de las lluvias. Trabaja en creación e instalación de invernaderos y yo sabía que me lo proponía de verdad, pero sinceramente sentía apuro que se tuviera que meter en ese “fregado” y no me pareció correcto aceptarle la propuesta.

    Con este inciso, supongo que ya os habéis imaginado la sorpresa con la que me encontré ese fin de semana: los pilares alrededor del velero para la instalación del cierre; invernadero; astillero en toda regla; o como a mí me gusta llamar a esa magnífica estructura ingenieril: “casita”, porque realmente es posible trabajar dentro con unas condiciones muy favorables cuando fuera las inclemencias del tiempo me recuerdan constantemente que estamos en invierno.

    ¿Y sabéis una cosa más? Está hecho aprovechando y reciclando materiales. ¿No es increíble? Una vez todas las piezas preparadas y transportadas hasta el velero para la instalación de la estructura, contamos con la ayuda de Adolfo y de Charrán. Éste último, otro navegante del Cantábrico, gracias a quien conocí a Jero.

    Ya veis que he tenido una tremenda suerte. En este mundo acelerado del siglo XXI en el que todos parecen estar compitiendo contra todos, es reconfortante encontrarse de vez en cuando con personas que desinteresadamente te brindan su ayuda. Me recuerda al ambiente de equipo que se crea en las expediciones polares, donde todos necesitamos de todos. ¡Realmente soy una afortunada!

     

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  • Y, ¿el velero?... Una historia interminable

    Hace tiempo que no os cuento nada del velero. La última vez fue a principios de este año, cuando os narraba un poco los Trabajos de astillero. Y antes de eso, para los que no conozcáis la historia, tenéis el inicio en Un velero, una ilusión.

    Tras sacarlo de su “encierro” y subirlo a orillas del Cantábrico a principios de octubre del año pasado, mi primera idea era ponerlo a son de mar para la primavera. ¡Sí, la primavera que ya pasó! Al ir descubriendo poco a poco que el trabajo era mucho más del que inicialmente había pensado, alargué el plazo -porque no llegaba, ¡claro está!- para principios del verano. Tampoco concluí entonces. Prácticamente todos los fines de semana había estado con mis labores de armadora y no había sido suficiente… “Bueno, ahora con el verano por delante tendré tiempo de sobra”, pensaba de nuevo ingenuamente.

    ¿¿Podéis creerme?? ¡¡El velero sigue en tierra!! Sí, al lado del mar, pero en tierra. No he dejado de trabajar en él mis días libres. ¿Cuántas jornadas le habré echado?, ¿cuántas horas cada jornada?

    Inicialmente yo creía que sólo tendría que pintarlo. Sí, sólo pintarlo y al agua… En seguida aprendí que antes de ello tendría que lijarlo por completo. Lo de lijar se dice fácil, pero si nunca se ha hecho, no puede ser uno consciente de lo que significa lijar todo el casco, la obra viva, la obra muerta, la cubierta… cada rincón. En el exterior tengo que añadir el problema de ósmosis de la obra viva y la entrada de agua en la unión de casco con cubierta.

    El interior terminé desmontándolo también por completo, pues poco a poco fui comprobando que las faenas a realizar eran muchas: instalación eléctrica nueva; sistema de fontanería renovado; cambio del depósito de combustible pues estaba picado el antiguo; fuera el motor para su puesta a punto; todos los muebles de madera desarmados y lijados por completo para quitarles el barniz, protegerlos después con varias manos de aceite y cera; etc.

    Por si era poco todo lo que estaba haciendo, pensé que podía mejorar el interior, pues la fibra estaba ya muy estropeada, y empecé a “embellecerlo” recubriéndolo con vinilo… ¡¡Ingenua de mí!! De nuevo, fui descubriendo que en el velero no hay ninguna escuadra, ni simetría. Cada piececita que tengo que pegar, me lleva un montón de tiempo hasta sacarla con sus ángulos y medidas correspondientes.

    Llegó también la etapa de aprender a trabajar la fibra de vidrio, para cerrar la multitud de agujeros agrandados de tornillos que tenía, los huecos de la instrumentación antigua, las imperfecciones en el casco y cubierta, etc.

    Horas y horas y horas de trabajo. Termina el verano y por tercera vez me equivoco en el plazo “imaginativo” para echarlo al agua. Tras las vacaciones, regreso a Salamanca para continuar con mis labores universitarias y entre unas cosas y otras se esfumó el mes de septiembre sin poder subir ni un solo fin de semana a retomar las labores en mi “astillero”.

    ¡¡Entonces no sé qué pasó!! Se cumplía un año, -¡un año entero ya!- desde que había llevado “mi ilusión” al Cantábrico y todavía seguía en tierra. De repente me pareció que botar el velero iba a ser misión imposible. Mi energía para seguir actuando de armadora se esfumaba a la velocidad de la luz. Percibía que me había infiltrado en una historia interminable…

    Os seguiré desvelando el desarrollo de esta crónica, pero evitando alargarlo demasiado lo dejamos para otro artículo en el blog. Mientras, os dejo algunas fotos de los diferentes procesos en la rehabilitación del Tornado 31. Seguramente así, me entenderéis un poquito mejor.

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  • 11/01/2014

    - velero , equipo , Barco

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    Trabajos de astillero

    Llegada al puerto

    Para satisfacer la curiosidad de todos aquellos que me habéis preguntado cómo va el trabajo del velero, os escribo este artículo. También, para todos los que tenéis esa misma curiosidad, pero no habéis formulado la pregunta.

    ¿Cómo empezar? Podría escribir un libro de esta aventura, quien sabe si algún día me sobra tiempo y me pongo a ello… Labores de rehabilitación en el barco, que comencé el 1 de octubre. ¡Qué lejos parece ese inicio! Fin de semana, tras fin de semana. No puedo decir que de sol a sol, porque comenzaba con luz artificial y terminaba de la misma manera para poder estirar cada día de trabajo. Me veía como una hormiguita queriendo mover una montaña. Al finalizar cada fin de semana y regresar a Salamanca, mientras conducía iba pensando en el trabajo hecho… ¡siempre me parecía tan poca cosa! Insignificante percibía el avance, en comparación con todo lo que quedaba por hacer.

    Fueron surgiendo muchos problemas con los que no contaba. Sinceramente, no creí en un inicio que tanto iba a ser el trabajo para rehabilitarlo. Problema de ósmosis, entrada de agua en la unión del casco con la cubierta y por una infinidad de sitios, depósito de combustible roto… Los imprevistos iban surgiendo uno tras otro. Y, todavía espero alguna que otra sorpresa…

    Querer explicaros con detalle todo esto y la forma de repararlo, creedme, me conduciría a escribir un libro. Ahora sólo os cuento que con trabajo y perseverancia, todo se puede conseguir. De no tener ni idea de las labores de astillero, estoy llegando a aprender de todo. El mérito no es mío, sino de la gente que me está orientando, que se han propuesto que tengo que conseguir, sí o sí, botar el velero… Y también de los que semana tras semana van viendo los pequeños avances y con sus palabras me llenan de ánimo para continuar. Verlos a ellos tan seguros de que lo voy a lograr, me hace olvidar esa imagen de la hormiguita intentando mover una montaña.

    Como os podéis imaginar, la mayor parte de las vacaciones de Navidad, las pasé en mi “astillero particular”. Es la primera vez en mi vida desde que empecé a trabajar que en vacaciones hago eso: ¡¡vacaciones!! Fueron unos días inolvidables, acompañada de grandes amigos que comparten conmigo esta enorme ilusión del velero. Rodeados de la gente de mar, que es muy especial, -ellos saben lo que es el apoyo y la solidaridad- me hicieron recordar el buen ambiente de equipo de las expediciones. Un invierno sin campaña antártica, pero con una experiencia inolvidable que estoy segura recordaré siempre.

    Regreso a Salamanca satisfecha por el avance realizado. Creo que en este momento, los trabajos de rehabilitación alcanzaron un punto de inflexión. A partir de ahora, poco a poco, cada pequeña labor va a ir siendo más visible.

    El último día, una mirada de despedida a mi velero… Me invadió una oleada de tristeza. ¡Qué hermosos días he pasado! Mi mente se desconectó por completo del estresante y alocado mundo civilizado. Tenía la sensación de que finalizaba una expedición. Mañana me levantaré y no podré venir a trabajar aquí…

    No quiero ni imaginar las sensaciones que llenarán mi vida cuando en lugar de venir al “astillero”, venga a navegar…

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