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Blog: Karmenka desde los Polos

  • Y el velero… pronto a son de mar

    Os escribo este artículo, todavía con la emoción pululando por mi interior pues el último fin de semana que estuve trabajando en él, me dejó huella. Presiento que esa marca quedará impresa en esta última etapa de trabajos de astillero.

    Ahora creo que no erraré en los cálculos de previsión para verlo en aguas del Cantábrico. En la próxima primavera tened por seguro que ese velero, que parecía escribir una historia interminable, surcará las aguas que tan cerca ha tenido durante tres años completos. ¿Qué son ahora unos meses?

    Los que no habéis leído antes sobre esta aventura, os dejo los enlaces en orden cronológico para poneros al día, por si sentís curiosidad: Un velero, una ilusión;  Trabajos de astillero;  Y, ¿el velero?... Una historia interminable;  Un astillero en toda regla.

    Como ya sabéis los que vais siguiendo algo de lo que escribo, me gusta la sinceridad y transmitir lo que siento. Pues debo confesaros que al ir buscando esos enlaces del párrafo anterior, no pude menos que volver a leerlos… Emoción tras emoción. ¡Qué increíble historia! No me puedo creer que haya sido real, que sea real. Que haya sido un personajillo de ella, que sea todavía ese personajillo. Parece una historia inverosímil.

    El camino no ha sido fácil, no es sencillo. Junto con el desconocimiento inicial y por completo de todos los oficios relacionados con su rehabilitación, se unen problemillas que surgen en el club náutico a lo largo de este tiempo, por lo de siempre, porque las personas somos como somos… ¿qué os voy a decir? Juntad a ello el machismo que no terminamos de limpiar en nuestra sociedad y os podéis hacer una idea de las dificultades que se han añadido a los trabajos de astillero. Pero no es de eso de lo que os quería hablar. Simplemente soy consciente una vez más, de que con tenacidad, perseverancia y creencia en nuestros sueños, podemos lograr todo lo que nos propongamos. ¡Quedémonos con esa faceta humana!

    Además de emocionada, estoy muy feliz. Una parte de ese sueño está cada vez más próxima a ser real. Es esa magia que envuelve los momentos en los que casi has logrado inmiscuirte por completo en tu sueño y se funde con la realidad.

    ¡Qué ganas de sentir la mar, el avance del velero con el viento, el sonido del casco deslizándose por el agua! Llenarte de libertad, de soledad, de vida, de aventura… ¡Qué ganas más tremendas!

    • Pronto a son de mar

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  • Un astillero en toda regla

    En el último artículo que os hablaba del velero, corté la narración porque se hacia ya demasiado largo. Terminé transmitiéndoos mi sensación de falta de energía que percibía para continuar con las labores de rehabilitación del Tornado 31, una vez que llegó el final del verano y fui consciente de que todavía me quedaba trabajo para fines de semana de, al menos, otro año más. Y lo peor, el invierno se acercaba y el trabajo a la intemperie me iba a quedar muy limitado… Lo dejaba tapado con unos toldos, pero tan pronto empezaron las primeras lluvias un poco serias, me di cuenta de que no iba a ser suficiente.

    Mi sensación era similar a la que sientes en una carrera de fondo cuando te faltan fuerzas para continuar. Te has esforzado al máximo, pero tienes esa percepción de haberte desfondado antes de la llegada…

    A mediados ya de octubre, subía uno de los fines de semana para continuar trabajando en mi “astillero” particular. Era la primera vez desde que me zambullí en esta aventura, que iba sin llevar en mente planificadas las tareas que intentaría sacar adelante esos dos días. Siempre preparaba una lista “interminable”, de la cuál iba afrontando uno u otro trabajo en función de la meteorología y de los problemas e imprevistos que me iban surgiendo.

    Me encontraba extraña… por primera vez no fui capaz de proponerme nada de esa lista inacabable de tareas. “Huy, huy, huy… realmente la energía se me disipó”, pensaba para mis adentros. “No es normal… Y, ¿si no recupero esa fuerza para terminar la rehabilitación?”. Estas reflexiones pululaban por mi mente, cuando de repente me encuentro en la costa, junto al velero apuntalado en tierra… ¡¡¡Y no podía creer lo que veía!!!

    ¡¡¡Tremenda sorpresa!!! , ¡¡¡subidón de energía, de ganas de trabajar!!! De repente, se amontonaron en mi mente cien mil tareas para tratar de hacer ese fin de semana. ¿¿¿Qué había pasado???

    Aquí os tengo que hablar de Jero, un nuevo amigo, amante de la navegación, a quien había conocido tan sólo unos meses antes, cuando andaba tratando de encontrar a alguien que me pudiera ayudar con todo lo que es el tema de la maniobra y acastillaje del velero. Este experto navegante en solitario vio que el verano se me acababa y que me iba a meter en el invierno con el barco “abierto”, y me propuso preparar una especie de techado protegiéndolo un poco de las lluvias. Trabaja en creación e instalación de invernaderos y yo sabía que me lo proponía de verdad, pero sinceramente sentía apuro que se tuviera que meter en ese “fregado” y no me pareció correcto aceptarle la propuesta.

    Con este inciso, supongo que ya os habéis imaginado la sorpresa con la que me encontré ese fin de semana: los pilares alrededor del velero para la instalación del cierre; invernadero; astillero en toda regla; o como a mí me gusta llamar a esa magnífica estructura ingenieril: “casita”, porque realmente es posible trabajar dentro con unas condiciones muy favorables cuando fuera las inclemencias del tiempo me recuerdan constantemente que estamos en invierno.

    ¿Y sabéis una cosa más? Está hecho aprovechando y reciclando materiales. ¿No es increíble? Una vez todas las piezas preparadas y transportadas hasta el velero para la instalación de la estructura, contamos con la ayuda de Adolfo y de Charrán. Éste último, otro navegante del Cantábrico, gracias a quien conocí a Jero.

    Ya veis que he tenido una tremenda suerte. En este mundo acelerado del siglo XXI en el que todos parecen estar compitiendo contra todos, es reconfortante encontrarse de vez en cuando con personas que desinteresadamente te brindan su ayuda. Me recuerda al ambiente de equipo que se crea en las expediciones polares, donde todos necesitamos de todos. ¡Realmente soy una afortunada!

     

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  • Y, ¿el velero?... Una historia interminable

    Hace tiempo que no os cuento nada del velero. La última vez fue a principios de este año, cuando os narraba un poco los Trabajos de astillero. Y antes de eso, para los que no conozcáis la historia, tenéis el inicio en Un velero, una ilusión.

    Tras sacarlo de su “encierro” y subirlo a orillas del Cantábrico a principios de octubre del año pasado, mi primera idea era ponerlo a son de mar para la primavera. ¡Sí, la primavera que ya pasó! Al ir descubriendo poco a poco que el trabajo era mucho más del que inicialmente había pensado, alargué el plazo -porque no llegaba, ¡claro está!- para principios del verano. Tampoco concluí entonces. Prácticamente todos los fines de semana había estado con mis labores de armadora y no había sido suficiente… “Bueno, ahora con el verano por delante tendré tiempo de sobra”, pensaba de nuevo ingenuamente.

    ¿¿Podéis creerme?? ¡¡El velero sigue en tierra!! Sí, al lado del mar, pero en tierra. No he dejado de trabajar en él mis días libres. ¿Cuántas jornadas le habré echado?, ¿cuántas horas cada jornada?

    Inicialmente yo creía que sólo tendría que pintarlo. Sí, sólo pintarlo y al agua… En seguida aprendí que antes de ello tendría que lijarlo por completo. Lo de lijar se dice fácil, pero si nunca se ha hecho, no puede ser uno consciente de lo que significa lijar todo el casco, la obra viva, la obra muerta, la cubierta… cada rincón. En el exterior tengo que añadir el problema de ósmosis de la obra viva y la entrada de agua en la unión de casco con cubierta.

    El interior terminé desmontándolo también por completo, pues poco a poco fui comprobando que las faenas a realizar eran muchas: instalación eléctrica nueva; sistema de fontanería renovado; cambio del depósito de combustible pues estaba picado el antiguo; fuera el motor para su puesta a punto; todos los muebles de madera desarmados y lijados por completo para quitarles el barniz, protegerlos después con varias manos de aceite y cera; etc.

    Por si era poco todo lo que estaba haciendo, pensé que podía mejorar el interior, pues la fibra estaba ya muy estropeada, y empecé a “embellecerlo” recubriéndolo con vinilo… ¡¡Ingenua de mí!! De nuevo, fui descubriendo que en el velero no hay ninguna escuadra, ni simetría. Cada piececita que tengo que pegar, me lleva un montón de tiempo hasta sacarla con sus ángulos y medidas correspondientes.

    Llegó también la etapa de aprender a trabajar la fibra de vidrio, para cerrar la multitud de agujeros agrandados de tornillos que tenía, los huecos de la instrumentación antigua, las imperfecciones en el casco y cubierta, etc.

    Horas y horas y horas de trabajo. Termina el verano y por tercera vez me equivoco en el plazo “imaginativo” para echarlo al agua. Tras las vacaciones, regreso a Salamanca para continuar con mis labores universitarias y entre unas cosas y otras se esfumó el mes de septiembre sin poder subir ni un solo fin de semana a retomar las labores en mi “astillero”.

    ¡¡Entonces no sé qué pasó!! Se cumplía un año, -¡un año entero ya!- desde que había llevado “mi ilusión” al Cantábrico y todavía seguía en tierra. De repente me pareció que botar el velero iba a ser misión imposible. Mi energía para seguir actuando de armadora se esfumaba a la velocidad de la luz. Percibía que me había infiltrado en una historia interminable…

    Os seguiré desvelando el desarrollo de esta crónica, pero evitando alargarlo demasiado lo dejamos para otro artículo en el blog. Mientras, os dejo algunas fotos de los diferentes procesos en la rehabilitación del Tornado 31. Seguramente así, me entenderéis un poquito mejor.

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  • 11/01/2014

    - velero , equipo , Barco

    5 comentarios

    Trabajos de astillero

    Llegada al puerto

    Para satisfacer la curiosidad de todos aquellos que me habéis preguntado cómo va el trabajo del velero, os escribo este artículo. También, para todos los que tenéis esa misma curiosidad, pero no habéis formulado la pregunta.

    ¿Cómo empezar? Podría escribir un libro de esta aventura, quien sabe si algún día me sobra tiempo y me pongo a ello… Labores de rehabilitación en el barco, que comencé el 1 de octubre. ¡Qué lejos parece ese inicio! Fin de semana, tras fin de semana. No puedo decir que de sol a sol, porque comenzaba con luz artificial y terminaba de la misma manera para poder estirar cada día de trabajo. Me veía como una hormiguita queriendo mover una montaña. Al finalizar cada fin de semana y regresar a Salamanca, mientras conducía iba pensando en el trabajo hecho… ¡siempre me parecía tan poca cosa! Insignificante percibía el avance, en comparación con todo lo que quedaba por hacer.

    Fueron surgiendo muchos problemas con los que no contaba. Sinceramente, no creí en un inicio que tanto iba a ser el trabajo para rehabilitarlo. Problema de ósmosis, entrada de agua en la unión del casco con la cubierta y por una infinidad de sitios, depósito de combustible roto… Los imprevistos iban surgiendo uno tras otro. Y, todavía espero alguna que otra sorpresa…

    Querer explicaros con detalle todo esto y la forma de repararlo, creedme, me conduciría a escribir un libro. Ahora sólo os cuento que con trabajo y perseverancia, todo se puede conseguir. De no tener ni idea de las labores de astillero, estoy llegando a aprender de todo. El mérito no es mío, sino de la gente que me está orientando, que se han propuesto que tengo que conseguir, sí o sí, botar el velero… Y también de los que semana tras semana van viendo los pequeños avances y con sus palabras me llenan de ánimo para continuar. Verlos a ellos tan seguros de que lo voy a lograr, me hace olvidar esa imagen de la hormiguita intentando mover una montaña.

    Como os podéis imaginar, la mayor parte de las vacaciones de Navidad, las pasé en mi “astillero particular”. Es la primera vez en mi vida desde que empecé a trabajar que en vacaciones hago eso: ¡¡vacaciones!! Fueron unos días inolvidables, acompañada de grandes amigos que comparten conmigo esta enorme ilusión del velero. Rodeados de la gente de mar, que es muy especial, -ellos saben lo que es el apoyo y la solidaridad- me hicieron recordar el buen ambiente de equipo de las expediciones. Un invierno sin campaña antártica, pero con una experiencia inolvidable que estoy segura recordaré siempre.

    Regreso a Salamanca satisfecha por el avance realizado. Creo que en este momento, los trabajos de rehabilitación alcanzaron un punto de inflexión. A partir de ahora, poco a poco, cada pequeña labor va a ir siendo más visible.

    El último día, una mirada de despedida a mi velero… Me invadió una oleada de tristeza. ¡Qué hermosos días he pasado! Mi mente se desconectó por completo del estresante y alocado mundo civilizado. Tenía la sensación de que finalizaba una expedición. Mañana me levantaré y no podré venir a trabajar aquí…

    No quiero ni imaginar las sensaciones que llenarán mi vida cuando en lugar de venir al “astillero”, venga a navegar…

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  • Un velero, una ilusión

    El mar, la mar… son palabras mayores. Desde pequeña fue una especie de misterio para mí y una búsqueda insaciable. Búsqueda, ¿de qué? No lo sé con certeza. Me atraía. Es mágico, inmenso, relajante, lleno de libertad, colmado de energía positiva y rebosante de aventuras.

    Ya sabéis que soy asturiana, pero desde que tenía cinco años estoy viviendo en Salamanca… ¡vaya, mi destino parecía alejarse de esa magia marina!

    Hace un año, me saqué el título del PER (Patrón de embarcación de Recreo) con la Habilitación a Vela. Os escribí algún artículo en este blog sobre ello, porque disfruté como una enana aprendiendo términos marineros y quería compartirlo con vosotros.

    Parecía un acercamiento a mi adorado mar…, pero no, todo quedaba en una especie de sueño, de ilusión óptica. El mar continuaba lejos, fuera de mi alcance.

    Sin embargo, algo inesperado se produce y soy consciente que, esta vez sí, me voy a acercar a mi adorado mar. La fecha es ya significativa, el 8 de marzo de este año, recibo un velero. Sí, “recibo”, he escrito bien. Por circunstancias de la vida, una familia amiga me lo pasa.

    El velero, de 9,25 metros de eslora y 3,05 de manga, está “prisionero” en el embalse de San Juan, en la provincia de Madrid. Lo primero que pienso es “liberarlo” de su encierro y devolverle la libertad en el mar. ¿En qué mar? En el Cantábrico, el de mi tierra asturiana, como no podía ser de otra manera.

    No fue tan sencillo ese transporte por una serie de factores que ahora no os voy a enumerar para no alargar demasiado el artículo. Pero si tenéis curiosidad y queréis que os escriba sobre ello, no tenéis más que decírmelo. Además tiene una historia iniciada en los países nórdicos, no lejos de alguna de nuestras estaciones de medida.

    La semana pasada fue una semana importantísima para el velero y para mi ilusión. Conseguimos hacer la maniobra y el velero ya esta en mi tierra. No os imagináis qué sonrisa se instaló en mi cara desde entonces. Está en el puerto, pero con el mar a la vista. Ahora me tocan fines de semana continuos de trabajo de astillero hasta que lo consiga preparar por completo y espero que para la primavera haya concluido y pueda por fin… ¡comenzar a navegar!

    No sé cuándo, pero el mar me enamoró y nunca más me dejó ir…

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