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Blog: Karmenka desde los Polos

  • Llegó la hora de la verdad

    Ahora sí, os voy a terminar de relatar a todos el final de la expedición al Ártico Sueco.

    Cuando la temperatura empezó a subir ya de 0ºC durante las horas centrales del día, y las mínimas nocturnas estaban bajo cero, pero muy cerca de este valor, nos pusimos manos a la obra. Mañana será el gran día. Buscaremos las sondas bajo la nieve y podremos salir de dudas sobre su existencia o no.

    La noche anterior preparamos la estrategia. Lo primero es observar bien y estudiar las fotografías que tenemos de cuando hicimos la instalación de la estación. Cualquier pista nos puede venir bien a modo de guía cuando empecemos mañana a abrir el hoyo en la nieve y tengamos que ir redirigiendo hacia dónde continuar.

    Me meto en el saco con una cierta preocupación y una cierta ilusión. Es extraño que hayan quitado la parte de arriba de los lectores y no la de abajo, la que está metida en el río. Pero por otro lado, si lo hicieron en verano y el río llevaba bastante agua, las que están allí fijas no las habrán podido sacar… Es una duda en la que no tiene sentido seguir pensando, probablemente mañana encontremos la solución. Me quedo dormida rápidamente, el cansancio de trabajar día tras día a la intemperie en estas condiciones árticas, termina pasando su factura.

    Me despierta el calor dentro de la tienda. ¡Claro! Acostumbrados como estábamos a las bajas temperaturas, cualquier pequeña subida lo nota el organismo rápidamente. El día está despejado, como no hay noche, el sol lleva unas cuantas horas calentando el aire del interior de la tienda. Día perfecto para comenzar la búsqueda. Tras un buen desayuno energético, un baño en el río bajo este sol con su luz rasante -propio de las zonas polares- es la mejor manera de empezar una jornada ártica.

    No duró demasiado el sol visible y pronto empezó a soplar un viento fuertecillo y más bien fresco. Condiciones que hacen, que con más ganas, Carlos y yo fuéramos abriendo el hoyo en la nieve. Tenemos una pequeña azada que habíamos llevado con nosotros y junto con una pala que encontramos al lado de una de las puertas de la estación científica próxima, empezamos la tarea. El sol solamente había ablandado un poco los primeros centímetros de la superficie de la nieve. El resto está dura, helada. Así que la estrategia diseñada es, uno emplear la pequeña azada a modo de pico y acto seguido el otro con la pala, retirar esa nieve.

    El trabajo de estudio y observación que habíamos hecho la noche anterior con las fotografías nos hizo adelantar tiempo y ahorrar trabajo. Pues según empezamos a apartar la nieve y comenzamos a ver lo que nos iba aflorando, redirigimos la zona central del hoyo. La verdad es que trabajar con Carlos es una gozada, porque además de estar con las cámaras grabando, está siempre ahí a pie de cañón, ayudándome con la tarea que toque, en este caso la de apartar la nieve. Cuántos operadores de cámara, escudándose en su trabajo de grabar, no se hubieran molestado en coger la azada o la pala y de remangarse mano con mano conmigo para picar y apartar la nieve helada.

    El cielo ya está completamente encapotado, el viento es más fuerte y más frío y es necesario trabajar en la nieve con ganas para no quedarse helados. En uno de esos momentos de recuperación, mientras es Carlos el que pica la nieve y yo espero mi turno para entrar en el hoyo, un sinfín de pensamientos pasan por mi mente.

    Por un lado, veía a Adolfo allá atrás pendiente del resultado. Por otro, observaba las cámaras en sus trípodes que tenía Carlos grabando y finalmente contemplaba a éste, dándolo todo por ayudarme en la misión de la búsqueda de las sondas. ¿Estarán o no estarán?, ¿nos las habrán quitado?, ¿estaremos sin datos o tendremos todo en orden y funcionando? Por un momento me puse en el caso de la alternativa no deseada. Una punzada me hizo daño dentro. En seguida pensé que era una suerte no estar allí sola.

    Después no sé qué paso, en un abrir y cerrar de ojos, me evadí de esas reflexiones y no sé cómo, me encontraba observando todo esto desde arriba, como si fuera el dron de Carlos sobrevolando y grabando para siempre la situación. Nos vi allí a los tres, cada vez más lejos, más abajo, más pequeñitos, mi punto de vista cada vez más arriba. Todo era blanco, esa inmensidad del ártico. Nosotros éramos ya unos insignificantes puntitos en la nieve. Seguía subiendo y subiendo y no pude seguir contemplando lo que acontecía allá abajo porque me perdí entre las nubes. De repente, volví a la realidad. “¡Eh, Carlos!, es mi turno. ¡Descansa!”. No sé cuánto tiempo había estado ensimismada en mis pensamientos, pero a juzgar por toda la nieve helada que Carlos había picado, fue un buen rato…

    • Cavando en la nieve helada para buscar la estación

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