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Blog del Afiliado

24/08/2015

- naturaleza

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Un chute de energía en vena!!!!!!! por Marta Bueno

Espero que me dejen los gestores de la página elaborar mi increíble sucesión de acontecimientos en capítulos porque no sé cómo resumir tantas emociones en un solo texto…

Mi terapia norteña es posible describirla en cuatro palabras: generosidad, confianza, sencillez e ilusión. En cada palabra se abren mil matices y mil colores que se despliegan e inundan cada momento de mis cuatro días de vacaciones. Han sido cuatro días atiborrados de sonrisas y atenciones. Han sido cuatro días de vacaciones con Adolfo y Karmenka. Sí, puede parecer pretencioso o incluso se podría pensar con cierta maldad que es mi intención presumir de este privilegio. Así que quiero antes de nada dejar bien claro que desde estas líneas simplemente deseo dar a conocer lo increíble de la amistad y, sin dar lecciones de moral, hacer patente y dejar constancia de que existen personas capaces de vivir en coherencia con sus principios en una sociedad tan compleja como la nuestra. Me apetece hacerlo, me sale de las tripas y quiero compartirlo para que sirva de asidero, soplo de aire fresco y andamiaje como a mí me ha servido.

Empiezo con la primera palabra: generosidad. Para quien no sepa de mí como habitual en este blog, diré que mi problema de baja visión se va agravando y lo hace de una forma muy rápida. Mis días están invadidos por una niebla espesa en la que vislumbro algún contraste dependiendo de la luz. Vale, pues a esta dificultad añadimos este verano el brazo derecho escayolado de mi diestro marido. Aun así decidimos acercarnos a visitar a Karmenka y Adolfo como teníamos planeado, más que nada porque no admitían un no por respuesta.

Difícil hacer el equipaje, difícil llegar al destino sin disponer de coche y difícil cualquier tarea doméstica que uno se pueda plantear. Quizá no aparezca esta palabra, difícil, en el vocabulario de Karmenka porque todo fue sobre ruedas desde que se iluminó nuestra llegada con su sonrisa. Siempre he considerado inteligente la capacidad para resolver situaciones complicadas, la búsqueda de alternativas que faciliten la solución del problema, las estrategias fluidas que permiten alcanzar un objetivo con la sensación de que el camino es el correcto. Así es la sensación con nuestra anfitriona. No hace falta pedir nada, absolutamente nada. Ella se encarga de todo y está pendiente de todo, con lucidez, empatía y su espléndida sonrisa. Sonrisa y risa llana que disuelve la duda de lo que uno pueda pensar como costoso, como un esfuerzo para ella en cuanto a desplazamientos en coche para visitar playas y parajes, en cuanto a tiempo robado a sus quehaceres, en cuanto a disponibilidad para atendernos a todos y a todas horas.

Y toda esta generosidad infinita se vuelve plena con la afabilidad, la corrección y la sabiduría de Adolfo. ¿Qué decir de este gran gran gran hombre? No quiero parecer simple exponiendo aquí cuatro tonterías, no le describirían. No es mi percepción, creo ser objetiva al definirle como una persona con una visión del mundo amplia, analítica y sintética a la vez, con dos o tres ideas claras por las que vivir, con la amplitud que se acumula después de tantas experiencias, con la simplicidad brillante de quien sigue cuestionándose lo que nos asombra y sobre todo con la infinita serenidad que no dan los años sino la certeza de haber hecho siempre lo que uno creía correcto.

Cuatro días en los que no nos han dejado usar la palabra gracias. Ni ellos, Adolfo y Karmenka, ni otro gran amigo marinero, también glackmero y desbordante en su generosidad. Es impresionante lo que tiene de trasfondo esta generosidad como objetivo: provocar en mí sensaciones con otros sentidos. Incluso con serias dificultades en su velero, saliendo de un resfriado con amagos de asma, utilizando su tiempo para nosotros y, lo voy a decir Jero, desgarrándose las palmas de las manos con los cabos de su embarcación, tuvimos una jornada inolvidable de mar y de risas, de sidra y de abrazos. Ya le dije a este gran marino que yo iba por allí sin mucho ánimo porque la ceguera es lo que tiene, unos baches anímicos fastidiados. Y él lo intentó con todas sus fuerzas. Desplegó sus velas por mí. No me entendió y aprovecho este momento para aclararlo, cuando le dije que yo quiero hacer como él hizo cuando embarrancamos en el fango de la desembocadura del río Nalón durante la travesía. Yo también quiero intentar salir de mis hoyos sin usar el motor, las pastillas, los médicos…, por amor propio y aprendiendo de él, quiero maniobrar con la mayor y el génova, aunque sea necesario escorar al máximo el barco, aunque necesite la ayuda de todos los vientos y el empuje de los buenos amigos, pero me propongo salir. Espero no olvidarlo…

Acabo con mi texto sobre la generosidad desbordante y la amistad y confío en que se me permita continuar en otra ocasión con los matices que adornan la confianza, la sencillez y la ilusión, todas ellas vividas estos días.

  • El Anaga, compartiendo libertad

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1 comentario:

  • Por Estrella (25/08/2015, a las 00:36)

    Marta, es precioso el artículo y tú también. La generosidad es una semilla que siempre da fruto, así que gracias por mostrarla y gracias a Karmenka y a Adolfo por cuidaros tan bien. A ver qué ramita verde vemos crecer.
    Un abrazo. Estrella

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